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Apagas la luz, sales de la habitación y a los dos minutos lo escuchas: «Mamá, tengo miedo». Hay un monstruo en el armario, una sombra en la pared, una pesadilla que vuelve. Lo calmas, te quedas un rato, y a la noche siguiente pasa lo mismo.
Los miedos nocturnos son muy frecuentes en la infancia, sobre todo entre los cuatro y los ocho años. No son un capricho ni una forma de llamar la atención. Son la manera que tiene un niño de expresar algo que todavía no sabe decir de otra forma.
Por qué aparecen de noche
De día el mundo está lleno de estímulos: el cole, el juego, las pantallas, los adultos cerca. Por la noche todo se calla. Y en ese silencio aparece lo que durante el día no tuvo lugar: las preocupaciones, los cambios, las tensiones de casa, lo que vio o escuchó sin entender del todo.
A partir de los cuatro años, además, la imaginación crece más rápido que la capacidad de distinguir lo real de lo imaginado. El monstruo no es real, pero el miedo sí lo es.
El miedo que no se nombra se queda en el cuerpo
Muchos miedos, sobre todo los irracionales, no tienen palabras. Se sienten en el cuerpo: el estómago apretado, el corazón que late rápido, las ganas de ir al baño una y otra vez, la dificultad para soltar la mano de mamá o papá.
Cuando ese miedo no encuentra salida, se queda ahí y se transforma: en ansiedad, en preocupaciones, en malestar difuso. Por eso lo primero no es convencer al niño de que no hay nada que temer. Lo primero es traducir el miedo: darle una forma que se pueda ver, nombrar y, entonces sí, enfrentar.
Mientras el miedo no se traduce, no se puede trabajar. Cuando se le da voz al cuerpo, lo que asusta queda expuesto, y lo que se puede ver ya asusta menos.
Un recurso que usamos en terapia: dibujar al monstruo
Con niños que ya tienen lenguaje, más o menos a partir de los cuatro años, hay un recurso que uso mucho en consulta y que también puede hacerse en casa.
- Pídele que dibuje su miedo. Al monstruo, a la pesadilla, a la sombra. Como sea, con los colores que quiera. No importa que el dibujo sea bonito: importa que el miedo salga de adentro y quede en el papel.
- Pónganle cara. Pregúntale cómo se llama, qué hace, dónde vive, qué quiere. Un miedo con nombre y cara ya no es un miedo sin forma.
- Empiecen a debilitarlo. Aquí viene lo mejor: dibujen juntos cosas que lo hagan menos terrible. Una nariz de payaso, un sombrero ridículo, zapatos enormes, un chupete, un lazo rosa. Lo que a tu hijo se le ocurra.
- Rían si aparece la risa. No es burla hacia el niño: es el niño tomando poder sobre lo que lo asustaba.
- Decidan qué hacer con el dibujo. Algunos niños lo quieren guardar, otros romperlo, otros pegarlo en la pared para vigilar al monstruo ahora que es inofensivo.
Una paciente, al terminar este ejercicio, me dijo que le recordaba al hechizo de Harry Potter que convierte los miedos en algo ridículo. Y tiene mucho sentido: eso es exactamente lo que hacemos.
A los miedos hay que desdibujarlos
No se trata de negar el miedo («los monstruos no existen, duérmete») ni de alimentarlo (revisar el armario cada noche con linterna). Se trata de algo intermedio: tomarlo en serio lo suficiente como para dibujarlo, y luego desdibujarlo.
Cuando el niño ve su miedo en el papel, deja de estar solo con él. Y cuando puede transformarlo con sus propias manos, descubre algo muy valioso: que lo que lo asusta se puede mirar, tocar y cambiar.
Otras cosas que ayudan antes de dormir
- Una rutina previsible. Baño, pijama, cuento, luz. La repetición da seguridad.
- Tiempo para hablar. Un rato tranquilo antes de apagar la luz para contar qué le preocupó del día.
- Menos pantallas por la noche. Sobre todo contenidos que puedan asustar o sobreestimular.
- Una luz suave o un objeto de apego. Un peluche, una manta, algo que lo acompañe cuando tú sales.
- Tu calma. Tu presencia tranquila le dice más que cualquier explicación.
Cuándo consultar
Conviene pedir ayuda si:
- Los miedos duran semanas y no ceden, o van en aumento.
- Tu hijo no puede dormir solo después de haberlo hecho antes.
- Las pesadillas son muy frecuentes o muy intensas.
- El miedo aparece también de día y limita su vida: el cole, los amigos, separarse de ti.
- Hubo un cambio importante en casa o una experiencia difícil.
En terapia infantil trabajo con el niño a través del juego y el dibujo, y también con los padres, porque el sostén empieza en casa. Si además te cuesta acompañar las explosiones del día a día, quizá te sirva Rabietas: qué intenta decir tu hijo.
¿Y si el que tiene miedo sin saber de qué eres tú?
Los adultos también cargamos miedos sin nombre. Esa inquietud que no se va, la tensión en el pecho sin una causa clara. El principio es el mismo: lo que no se traduce se queda en el cuerpo. Lo desarrollo en ¿Por qué siento ansiedad sin saber por qué?